Ilusivos. Embusteros. Mentirosos. La gente dice de ellos que tienen luz. Incluso se les pone nombre o se les constituye como símbolo de un amor, de una amistad. Así son, dinámicos y eternos al mismo tiempo.
Sólo unos pocos, esos que parpadean, emiten luz propia. Son la clave del firmamento porque sin su luz los conspiradores que la reflejan no podrían aparentar lucir por sí mismos y así nadie les atribuiría un significado especial, ni les pondría nombre. Ni siquiera seríamos capaces de verlos. Para casi siete mil millones de personas no habría estrellas, ni falsas, ni verdaderas.
Y esto no puede permitirse. Hace ya tiempo que las estrellas perdieron parte de su magia, pero de vez en cuando uno encuentra en el Cielo la clave de la cuestión. Sin estos astros, los sinceros, no habría firmamento que observar, ni nombres que poner, ni símbolos que constituir. Sin ellos no habría estrellas que contar por las noches, ni historias terribles sobre dioses que luchan encima de nuestras cabezas. Los navegantes no podrían guiarse por la noche eterna y bueno, sí, tampoco habría astrólogos.
Lo más fascinante de todo esto es que lo que les hace tan diferentes es, en esencia, simple: brillan con luz propia, y así iluminan el Universo y lo hacen tan deliciosamente bello. Hacen brillar a otras estrellas y nos regalan ese estelar espectáculo cada noche. Su mérito no es pequeño, pero es silencioso, prudente y modesto.
Y esto les hace grandes.
Extraordinarias.
A todas luces imprescindibles.

Cuando quieras, pídeme que te dibuje un cordero. Un cordero que coma pimientos rojos o estrellas, lo que tú quieras. Tan sólo pídemelo. Ahora sí, y siempre,
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