lunes, 25 de febrero de 2013

Variables

Acojona pensar la enorme cantidad de variables que entran en juego cada día y que escapan definitivamente a nuestro control; en un tono científico: que están determinadas por el azar.

Esto debería obsesionar a las mentes más controladoras porque en realidad les deja absoluta y coloquialmente en bragas ante la vida. Es un «tira, tira, y al llegar paras». Claro que esto es aún más memorable cuando uno se siente incapaz de controlar lo más mínimo ya no lo que pasa a su alrededor, sino lo que acontece en ese trozo de universo delimitado por células epiteliales de revestimiento que solemos llamar organismo. Y todavía creemos que nos controlamos en mayor o menor medida -coño, somos la especie más evolucionada de la Tierra y del universo conocido, ¿cómo no vamos a controlar 1.500 gramos de cerebro?


Ahí, de repente, aparece la mirada de unos ojos lascivamente bellos o la indeseable muerte de quien debería haber estado aquí al menos una vida entera. Las ganas de vivir que rezuma el niño que se promete que de mayor nunca caerá en eso de no ir corriendo a todos los sitios. Enamorarse alocadamente. Dejar de sonreír prematuramente... qué cojones, eso siempre es prematuro. No importa demasiado el motivo por el que el perfecto trazo de lapicero que andábamos trazando se corrompe, lo relevante es que lo hace el muy hijo de mil perras. Y ahí seguimos nosotros, en el ojo del huracán. Sobreviviendo a la acción de trescientas fuerzas cósmicas sobre miles de variables para cuyo control estamos nulamente capacitados y que deciden por nosotros el 90% de lo que llena nuestra vida, de lo que nos rodea y de los que nos torea. Si ya lo decía Ortega.

Claro, que siempre hay un 10% más que esperanzador con el que poder llegar a controlar algo esta situación. Hacer un enorme pastel con fresas y nata y bizcocho y galletas y chocolate. Y sonreír, que -como remarcaba Beni- «se agradece». O intentar dar parte de tu tiempo a los demás. O ponerte cubrepezones con campanillas y luces de colores que brillan al gritar «cloroplasto». Yo qué sé. Es tu 10%: que no te lo arrebaten.

domingo, 24 de febrero de 2013

Astros

Ilusivos. Embusteros. Mentirosos. La gente dice de ellos que tienen luz. Incluso se les pone nombre o se les constituye como símbolo de un amor, de una amistad. Así son, dinámicos y eternos al mismo tiempo.

Sólo unos pocos, esos que parpadean, emiten luz propia. Son la clave del firmamento porque sin su luz los conspiradores que la reflejan no podrían aparentar lucir por sí mismos y así nadie les atribuiría un significado especial, ni les pondría nombre. Ni siquiera seríamos capaces de verlos. Para casi siete mil millones de personas no habría estrellas, ni falsas, ni verdaderas.

Y esto no puede permitirse. Hace ya tiempo que las estrellas perdieron parte de su magia, pero de vez en cuando uno encuentra en el Cielo la clave de la cuestión. Sin estos astros, los sinceros, no habría firmamento que observar, ni nombres que poner, ni símbolos que constituir. Sin ellos no habría estrellas que contar por las noches, ni historias terribles sobre dioses que luchan encima de nuestras cabezas. Los navegantes no podrían guiarse por la noche eterna y bueno, sí, tampoco habría astrólogos.



Lo más fascinante de todo esto es que lo que les hace tan diferentes es, en esencia, simple: brillan con luz propia, y así iluminan el Universo y lo hacen tan deliciosamente bello. Hacen brillar a otras estrellas y nos regalan ese estelar espectáculo cada noche. Su mérito no es pequeño, pero es silencioso, prudente y modesto.

Y esto les hace grandes.
Extraordinarias.
A todas luces imprescindibles.