Un primer vistazo a su pelo ondulado podría conducir a una aproximación errónea sobre la edad que refleja el anverso de su DNI, pero una observación más exhaustiva delata los solitarios pelos blancos que aquí y allá adornan su ajetreada melena. No se puede decir de sus gafas que ornamenten tanto como las canas, al menos no desde el punto de vista del observador, empero debe ser así para ella, cuyo mundo ha de convertirse en una realidad mucho más nítida y palpable a través del centímetro de lentes monofocales orgánicas que ponen la guinda a la tosca y monótona montura.
Que no es de buena educación apuntar es bien sabido por la mayoría. Ella, sin embargo, no deja de hacerlo. Ya no con sus manos, que sujetan sendos punteros láser. Ni con uno de estos instrumentos infernales que pasea cual batuta en manos del director de una filarmónica. Sino con el asiento de la comentada montura, con su prominente maquinaria olfatoria; otorgante de un perfil aristocrático rematado por los pendientes de perlas asentados cómodamente en los lóbulos de sus pabellones auriculares como si ya no esperaran que nada nuevo fuera a sucederles.
Llegados aquí es propio comentar que todo esto, en conjunto, habla poco.
Incluso su propia voz, que ella insiste en mantener alta y clara a golpe de trago de agua, habla poco. Bueno, hablar ésta sí que habla, pero dice más bien poco. Por decir, dice más la enteramente abotonada bata, adornada, allí donde los profanos comentan que se halla el corazón, con luminoso hilo azul que deja claro que ella pertenece a ese grupo social que llamamos científicos.
Asimismo, las mangas de la susodicha prenda, recogidas en un doblez no más elegante que sus gafas, dejan ver un reloj ahora naranja, ahora dorado. De esos que llaman la atención por lo poco que llaman la atención. Abocado a medir el tiempo de una vida tan monótona como el escote de la que la vive. Una de esas vidas coronadas con un llano "Descanse En Paz" como epitafio.
Una de esas vidas que se traducen en unas clases constantes, lineales. Entre diapositivas aburridas y miradas huidizas a los alumnos que esperan poder aprender algo de esa individua que no les puedan enseñar 700 páginas encuadernadas en formato tapa dura. Una de esas vidas que por un momento, y sin pretenderlo, les susurra desde lo alto de la tarima la lección que nunca pensaron aprender en clase de Fisiología: "no permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas".