lunes, 13 de julio de 2015

Viento

Un día, el Principito dejó de repetir, a fin de dejar de acordarse.

Iba a ser necesario que el viento soplara fuerte para llevarse esa Rosa que tan profundas había echado las raíces, pero el tiempo de protegerla con el biombo se había acabado. Así pues, decidido, cogió el biombo con el que, hasta ahora, la había protegido del viento, y la dejó al descubierto.

El Principito perdió la cuenta de los días y las noches que pasaron hasta que el viento arrancó la Rosa, por fin. Tan acostumbrado como había estado a mirarla, no se había dado cuenta de los jirones que tenía en sus propias ropas.

Tendría que arreglarlos. Al fin y al cabo, seguía siendo un Principito. El Principito.



lunes, 25 de febrero de 2013

Variables

Acojona pensar la enorme cantidad de variables que entran en juego cada día y que escapan definitivamente a nuestro control; en un tono científico: que están determinadas por el azar.

Esto debería obsesionar a las mentes más controladoras porque en realidad les deja absoluta y coloquialmente en bragas ante la vida. Es un «tira, tira, y al llegar paras». Claro que esto es aún más memorable cuando uno se siente incapaz de controlar lo más mínimo ya no lo que pasa a su alrededor, sino lo que acontece en ese trozo de universo delimitado por células epiteliales de revestimiento que solemos llamar organismo. Y todavía creemos que nos controlamos en mayor o menor medida -coño, somos la especie más evolucionada de la Tierra y del universo conocido, ¿cómo no vamos a controlar 1.500 gramos de cerebro?


Ahí, de repente, aparece la mirada de unos ojos lascivamente bellos o la indeseable muerte de quien debería haber estado aquí al menos una vida entera. Las ganas de vivir que rezuma el niño que se promete que de mayor nunca caerá en eso de no ir corriendo a todos los sitios. Enamorarse alocadamente. Dejar de sonreír prematuramente... qué cojones, eso siempre es prematuro. No importa demasiado el motivo por el que el perfecto trazo de lapicero que andábamos trazando se corrompe, lo relevante es que lo hace el muy hijo de mil perras. Y ahí seguimos nosotros, en el ojo del huracán. Sobreviviendo a la acción de trescientas fuerzas cósmicas sobre miles de variables para cuyo control estamos nulamente capacitados y que deciden por nosotros el 90% de lo que llena nuestra vida, de lo que nos rodea y de los que nos torea. Si ya lo decía Ortega.

Claro, que siempre hay un 10% más que esperanzador con el que poder llegar a controlar algo esta situación. Hacer un enorme pastel con fresas y nata y bizcocho y galletas y chocolate. Y sonreír, que -como remarcaba Beni- «se agradece». O intentar dar parte de tu tiempo a los demás. O ponerte cubrepezones con campanillas y luces de colores que brillan al gritar «cloroplasto». Yo qué sé. Es tu 10%: que no te lo arrebaten.

domingo, 24 de febrero de 2013

Astros

Ilusivos. Embusteros. Mentirosos. La gente dice de ellos que tienen luz. Incluso se les pone nombre o se les constituye como símbolo de un amor, de una amistad. Así son, dinámicos y eternos al mismo tiempo.

Sólo unos pocos, esos que parpadean, emiten luz propia. Son la clave del firmamento porque sin su luz los conspiradores que la reflejan no podrían aparentar lucir por sí mismos y así nadie les atribuiría un significado especial, ni les pondría nombre. Ni siquiera seríamos capaces de verlos. Para casi siete mil millones de personas no habría estrellas, ni falsas, ni verdaderas.

Y esto no puede permitirse. Hace ya tiempo que las estrellas perdieron parte de su magia, pero de vez en cuando uno encuentra en el Cielo la clave de la cuestión. Sin estos astros, los sinceros, no habría firmamento que observar, ni nombres que poner, ni símbolos que constituir. Sin ellos no habría estrellas que contar por las noches, ni historias terribles sobre dioses que luchan encima de nuestras cabezas. Los navegantes no podrían guiarse por la noche eterna y bueno, sí, tampoco habría astrólogos.



Lo más fascinante de todo esto es que lo que les hace tan diferentes es, en esencia, simple: brillan con luz propia, y así iluminan el Universo y lo hacen tan deliciosamente bello. Hacen brillar a otras estrellas y nos regalan ese estelar espectáculo cada noche. Su mérito no es pequeño, pero es silencioso, prudente y modesto.

Y esto les hace grandes.
Extraordinarias.
A todas luces imprescindibles.

sábado, 24 de noviembre de 2012

A. M. D. F.


A. M. D. F. son las siglas que figuraban hoy en el periódico como las de la mujer que esta mañana aparecía muerta en La Rosaleda de Valladolid. Tenía 78 años, y una profunda depresión.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Susurros

Un primer vistazo a su pelo ondulado podría conducir a una aproximación errónea sobre la edad que refleja el anverso de su DNI, pero una observación más exhaustiva delata los solitarios pelos blancos que aquí y allá adornan su ajetreada melena. No se puede decir de sus gafas que ornamenten tanto como las canas, al menos no desde el punto de vista del observador, empero debe ser así para ella, cuyo mundo ha de convertirse en una realidad mucho más nítida y palpable a través del centímetro de lentes monofocales orgánicas que ponen la guinda a la tosca y monótona montura.

Que no es de buena educación apuntar es bien sabido por la mayoría. Ella, sin embargo, no deja de hacerlo. Ya no con sus manos, que sujetan sendos punteros láser. Ni con uno de estos instrumentos infernales que pasea cual batuta en manos del director de una filarmónica. Sino con el asiento de la comentada montura, con su prominente maquinaria olfatoria; otorgante de un perfil aristocrático rematado por los pendientes de perlas asentados cómodamente en los lóbulos de sus pabellones auriculares como si ya no esperaran que nada nuevo fuera a sucederles.

Llegados aquí es propio comentar que todo esto, en conjunto, habla poco.
Incluso su propia voz, que ella insiste en mantener alta y clara a golpe de trago de agua, habla poco. Bueno, hablar ésta sí que habla, pero dice más bien poco. Por decir, dice más la enteramente abotonada bata, adornada, allí donde los profanos comentan que se halla el corazón, con luminoso hilo azul que deja claro que ella pertenece a ese grupo social que llamamos científicos.

Asimismo, las mangas de la susodicha prenda, recogidas en un doblez no más elegante que sus gafas, dejan ver un reloj ahora naranja, ahora dorado. De esos que llaman la atención por lo poco que llaman la atención. Abocado a medir el tiempo de una vida tan monótona como el escote de la que la vive. Una de esas vidas coronadas con un llano "Descanse En Paz" como epitafio.

Una de esas vidas que se traducen en unas clases constantes, lineales. Entre diapositivas aburridas y miradas huidizas a los alumnos que esperan poder aprender algo de esa individua que no les puedan enseñar 700 páginas encuadernadas en formato tapa dura. Una de esas vidas que por un momento, y sin pretenderlo, les susurra desde lo alto de la tarima la lección que nunca pensaron aprender en clase de Fisiología: "no permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas".