Iba a ser necesario que el viento soplara fuerte para llevarse esa Rosa que tan profundas había echado las raíces, pero el tiempo de protegerla con el biombo se había acabado. Así pues, decidido, cogió el biombo con el que, hasta ahora, la había protegido del viento, y la dejó al descubierto.
El Principito perdió la cuenta de los días y las noches que pasaron hasta que el viento arrancó la Rosa, por fin. Tan acostumbrado como había estado a mirarla, no se había dado cuenta de los jirones que tenía en sus propias ropas.
Tendría que arreglarlos. Al fin y al cabo, seguía siendo un Principito. El Principito.
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